domingo, 20 de noviembre de 2011

El maquillador de muertos




Había aprendido su oficio en las largas faenas que tuvo con su padre: un viejo taxidermista que acostumbraba cambiar las córneas de los cadáveres. A los diez años sabía que abrir el estómago a un hombre era tan común como disecar un gato o calcinar una cucaracha. Se hizo amante de los cuerpos fríos y de los silencios que emitían los seres inertes. Nunca pronunció un quejido de espanto cuando trasnochaba, solitario, en medio de decenas de muertos a sus costados. Aprendió a comunicarse con los muertos al igual que un jardinero lo hacía con las flores; les hablaba despacio, les reñía por la tosca apariencia, qué cara tienes, y por sus raras formas de abrir los ojos más de la cuenta. Cuando los hallaba rasgados por la barriga o con el cráneo agujereado les daba un sermón sobre la prudencia que requería la vida nocturna en la ciudad, blancos fáciles de nómades y de vagabundos, hijos de la nada, a ella han de volver. Sabía que los muertos en el fondo lloraban en silencio, que ocultaban un lenguaje imposible que él quería descifrar. Los veía con los labios pegados y los brazos rígidos, lívidos, sobre cuya piel grababa un  grafiti. Aprendió que quererlos, a comprender su eterna mortandad.


Una noche, cuando  había trabajado más de la cuenta, le trajeron un cadáver con signos de haber caído a un abismo. Sospechó del carácter suicida del sujeto: algo de su presencia intolerable le parecía un déjà vu. Le interrogó sobre su historia, sus modales rudos en la  mesa y le prometió dejarlo como si estuviera en el día más festivo de su vida. No le importaba si habría respuesta, prefería el silencio a tener que contradecir una idea. Le tocó la frente como si fuera un niño, Borraré tus ojeras y tus malas noches, mientras a sus costados las bombillas de luz lo martirizaban, insectos, luciérnagas sin luz.


Lentamente cogió una ampolleta  y presionó sus labios para inyectarle un líquido semejante al colágeno. Quiso que sus labios fueran grandes, vivos, como antes lo habían sido. Extrajo de la repisa una botella de alcohol y lo humedeció  con un trapo, huele a bar, a indecencia;  luego removió su piel, de a pocos, con leves masajes a la altura del mentón: zona hueca y sangrante que evidenciaba el signo de una batalla. Enseguida diseminó unos polvos naranjas sobre la piel cruda y amarilla. Sabía que de alguna forma el muerto había sido un hombre curtido de vanidad. Lo sospechó por sus tatuajes de seres mitológicos que llevaba en el pecho: un Centauro verde batallando contra Pegaso.  Asimiló su semblante parecido a un poeta subterráneo, cuyo nombre le era volátil. Pensó, (imaginó) en las decenas de veces que el hombre había visto los ojos de una mujer hermosa, conjeturó sus palabras, el te amo dulce y la voz quebrada, imaginó el rechazo, la fuga nociva de la mujer hacia un lugar imposible de alcanzar. Lo vio extraviado, sucio, en las calles grises, bajo los puentes sensibles, nunca debiste amarla más de la cuenta,  surcando un río que le llevara hacia el mar.
No quiso seguir dejándose avasallar por la  locura y el fácil retorno a la ficción y volvió a la tarea. Dejó que sus manos vayan dejando sobre el rostro el gesto vivo de un animal recién nacido. Sintió el amasijo de una cara que se van creando de la nada como si estuviera diseñando un hombre nuevo, con el corazón antiguo. El tiempo le pareció ordinario, el amor ha sido tu asesino, murmuró con el alma en vilo. Luego de media hora vio que la piel iba dejando la palidez para ir ganando un color rojizo. Se alegró y pensó que quizás en el fondo estaba jugando a ser Dios. Le dio a su frente el brillo natural  que brota de la piel sucia, sin lavar. No quería que el muerto se viera como si estuviera  expuesto para ser fotografiado para la eternidad, sino que tuviera la fácil naturalidad de un día cualquiera: la imagen  de encontrarse en el espejo en la mañana.

Finalmente cuando vio que su trabajo estaba listo se inclinó un poco, retrocedió y desde una perspectiva  lejana sonrió, Levántate, con lastima como si algo se le hubiera quebrado para siempre. Cuando recordó que había dicho la misma palabra inútil de otras veces se sentó, encendió un cigarro y se puso a llorar. Dentro sí ardía una palabra,  levántate, se calcinaba en una hoguera, como una hoja, sin remedio.





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